Donald Trump se involucra en presidenciales de Honduras

Una intromisión de alto calibre sacude la recta final de la carrera presidencial en Honduras. A solo cuatro días de que los ciudadanos concurran a las urnas, el expresidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha decidido volcar su capital político e influencia mediática para intervenir directamente en el proceso, rompiendo un silencio que muchos consideraban prudente en Washington. Su plataforma, Truth Social, se convirtió en el megáfono para una arremetida que no solo busca impulsar al candidato de la derecha, Nasry Asfura, sino también desmantelar la credibilidad de sus principales oponentes, la oficialista de izquierda Rixi Moncada y el liberal Salvador Nasralla.
La declaración de Trump, emitida este miércoles 26 de noviembre de 2025, es una maniobra geopolítica de libro. El republicano no se limitó a ofrecer un espaldarazo protocolar al empresario de la construcción, a quien elevó a la categoría de «único verdadero amigo de la libertad». Su acción fue un ataque frontal, enmarcado en una polarización ideológica que resuena con fuerza en Centroamérica: “No puedo colaborar con Moncada y los comunistas, y Nasralla no es un aliado confiable para la libertad, y no se puede confiar en él”, sentenció el exmandatario estadounidense, dictando de facto quién es un socio aceptable para Washington.
Este movimiento no es un hecho aislado, sino una pieza de ajedrez en la estrategia de la ultraderecha norteamericana para redefinir el mapa hemisférico. Trump fue más allá de la contienda local al plantear la sombra del «narco-comunismo» regional. Cuestionó explícitamente si el presidente venezolano, Nicolás Maduro, y sus «narcoterroristas» pretenden tomar control de Honduras, siguiendo el patrón que, a su juicio, se ha replicado en Cuba y Nicaragua. Su promesa de trabajar con Asfura —apodado cariñosamente «Tito»— para «luchar contra los narco-comunistas» y proporcionar ayuda al pueblo hondureño, se lee en el contexto de un gigantesco despliegue militar que el republicano mantiene en el Caribe, con la mira puesta en Caracas.
El factor Washington y la historia recurrente
El candidato del Partido Nacional (PN), Nasry Asfura, no tardó en agradecer el apoyo, reforzando la narrativa de la defensa de «nuestra democracia, nuestra libertad y los valores que hacen grande nuestro país». Este intercambio se produce en un escenario de extrema tensión, donde las encuestas, según la prensa regional, dibujan un panorama de tercios, sin un favorito claro para ganar la presidencia a una sola vuelta. En un análisis reciente, el centro de pensamiento Diálogo Político subraya que el electorado hondureño está fracturado, inmerso en un ambiente político polarizado y una disputa abierta que pone de relieve la fragilidad institucional del país.
La injerencia de Trump apela directamente a una historia de intervencionismo estadounidense en Honduras, un país que Washington ha considerado históricamente como un enclave estratégico. Al invocar la retórica de la «amenaza roja» y el narcotráfico, Trump revive un guion que busca deslegitimar a cualquier fuerza política progresista en la región, asociando al partido oficialista Libre y a su candidata Rixi Moncada con regímenes como el cubano o el venezolano. Moncada, abogada y cercana a la actual mandataria Xiomara Castro (esposa del expresidente Manuel Zelaya, derrocado en 2009 y aliado de Caracas y La Habana), ha sido señalada por Trump por su supuesta admiración hacia el expresidente cubano Fidel Castro.
La narrativa de la confrontación ideológica oculta, sin embargo, el complejo entramado de intereses y las sombras de corrupción que envuelven al candidato patrocinado.
Las contradicciones del candidato apadrinado
Asfura, un empresario de la construcción de 67 años, se ha ganado la venia de Trump a pesar de que su Partido Nacional carga con un estigma profundo: la condena y encarcelamiento de su expresidente, Juan Orlando Hernández (2014-2022), quien purga una pena de 45 años en Estados Unidos por delitos de narcotráfico. Es una paradoja notable: el candidato abanderado contra el «narco-comunismo» pertenece al partido cuyo último líder fue juzgado y condenado por el sistema de justicia estadounidense por vínculos con el crimen organizado.
Frente a esta sombra institucional, el político de raíces palestinas opta por una defensa simplista: «Cada quien responde por sus actos». Su campaña, centrada en la promesa de «salvar la democracia» de las amenazas comunistas, busca desvincularse del pasado reciente y de la polémica intervención de Trump, a pesar de que el republicano sea su principal defensor internacional.
Pero la lista de controversias que rodean a Asfura no termina allí. Su trayectoria está salpicada de señalamientos de corrupción. Fue acusado de presunta malversación de fondos municipales durante su gestión como alcalde de Tegucigalpa, aunque la causa no prosperó judicialmente. Aún más relevante es su mención en la investigación global conocida como los Papeles de Pandora. Reportajes como el publicado por el medio hondureño Criterio.hn detallaron que Asfura creó una empresa offshore en Panamá mientras ejercía su cargo, un mecanismo frecuentemente utilizado para evadir impuestos o blanquear capitales. Aunque sus críticos le reconocen el mérito de haber modernizado la capital con infraestructura, estos antecedentes de falta de transparencia plantean serias interrogantes sobre el tipo de «libertad» que el candidato se propone defender.
El tablero electoral partido en tercios
La animosidad de Trump se extiende al tercer aspirante con posibilidades, Salvador Nasralla, del Partido Liberal (PL), a quien el republicano acusa de «fingir ser anticomunista solo para dividir el voto de Asfura». La trayectoria reciente de Nasralla es, en efecto, un mapa de alianzas volátiles: en 2021, declinó su candidatura para sumarse al gobierno de Xiomara Castro, para luego romper con la presidenta, esposa del derrocado Zelaya.
El ataque de Trump a Nasralla como un «no aliado confiable» subraya la intención de consolidar el voto opositor en la figura de Asfura y evitar el riesgo de dispersión en una contienda a una sola vuelta, donde un margen estrecho puede ser decisivo. El juego de alianzas y rupturas en el que se ha movido Nasralla, quien es reconocido por su pasado como conductor de televisión e ingeniero, es visto desde Washington como una amenaza a la estabilidad del bloque de derecha.
Finalmente, la elección no solo definirá la orientación política interna de Honduras, sino también su postura en el tablero internacional. Al igual que Asfura, Nasralla ha manifestado su intención de mantener o acercar la relación con Taiwán, un punto sensible en la geopolítica de China, que reclama la isla como parte de su territorio. La presidenta Xiomara Castro, por su parte, ya estableció relaciones con Pekín. La intervención de Trump, a tan pocos días del crucial 30 de noviembre, obliga a los hondureños a votar no solo por un proyecto de país, sino por la línea que definirá su soberanía y sus lazos con las grandes potencias. Es un plebiscito forzado por la Casa Blanca, donde el destino de Tegucigalpa se juega en la retórica de Washington.


