Palestino gay huye de su familia y logra asilo en Israel tras fallo histórico en 2024

Kareem, cuyo nombre ha sido cambiado para proteger su identidad, nació y creció en Al‑Bireh, una localidad de la Ribera Occidental que alberga a unos 30 000 palestinos. A los 22 años, su vida cambió cuando, tras rumores sobre su sexualidad que circularon en Ramallah, su padre le apuntó una pistola y amenazó con “reposar una bala entre sus ojos” si llegaba a confirmar que era gay.

El joven había sabido desde hace tiempo que, de persistir la persecución, tendría que abandonar el territorio. En marzo de 2024, el Tribunal Administrativo de Tel Aviv dictó una decisión sin precedentes: los palestinos LGBTQ+ ahora pueden presentar solicitudes de asilo en Israel, rompiendo años de jurisprudencia que los consideraba inelegibles.

El contexto legal

El mes siguiente, Kareem cruzó la frontera hacia Israel, un país que lleva más de dos décadas ocupando la Ribera Occidental. La narrativa israelí de “democracia liberal en Oriente Medio” a menudo se ha utilizado para presentar al Estado como refugio seguro para la comunidad LGBTQ+, pese a las críticas que la califican de “pinkwashing”, es decir, la instrumentalización de derechos sociales para desviar la atención de violaciones internacionales.

En un discurso ante el Congreso de Estados Unidos el 24 de julio de 2024, el primer ministro Benjamin Netanyahu ridiculizó a manifestantes con carteles “Gays for Gaza”, comparándolos con “pollos para KFC”. Mientras tanto, Kareem vivía en Israel con la seguridad aparente de su nuevo estatus, sin saber que una tormenta administrativa se gestaba tras bambalinas.

La ruta de asilo y sus riesgos

Según testimonios recabados por The Intercept, los solicitantes de asilo palestinos afrontan procesos que incluyen revocaciones de permisos, inestabilidad y, en muchos casos, coacciones para suministrar información a la agencia de inteligencia interna de Israel, Shin Bet.

En la sede de procesamiento de Sha’ar Ephraim, situada en la muralla de separación occidental de Tulkarm, Kareem recuerda haber sido presionado repetidamente por autoridades israelíes para proporcionar datos sobre familiares y amistades en la Ribera. Su abogado, Tamir Blank, explicó que “las fuerzas de seguridad aprovechan la vulnerabilidad de quienes no tienen estatus en Israel para obtener cooperación”.

El dilema familiar y la persecución

El entorno familiar de Kareem, típico de la élite conservadora de Ramallah, añadió más peligro. Su padre, funcionario de la Autoridad Palestina, había trabajado previamente en la OLP antes de los Acuerdos de Oslo de 1993. Tras la fuga de Kareem, la familia presentó denuncias a los servicios sociales israelíes acusándolo de pertenecer a Hamas y de planear ataques contra civiles. Estas acusaciones desencadenaron la suspensión de su permiso de bienestar en octubre de 2024.

El joven describió la confusión que le provocó la revocación inesperada, a la que su equipo legal respondió con una petición al comandante militar para reconsiderar la medida. En diciembre de 2024, el Tribunal de Distrito de Jerusalén restableció el permiso, reconociendo que la denuncia había sido “probablemente basada en falsas alegaciones de la familia”.

El refugio y la precariedad

Con la ayuda de abogados pro bono de HIAS, una organización humanitaria judía, Kareem obtuvo un permiso de bienestar en abril de 2024. Tras pasar noches durmiendo en bancos y mudándose de sofá en sofá, se instaló en el albergue de emergencia para jóvenes LGBTQ+ de Tel Aviv, conocido como HaGag HaVarod (“El techo rojo”). Allí, por primera vez, convivió con israelíes sin armas a la vista.

A pesar de la estabilidad relativa del refugio, la amenaza de nuevas revocaciones persistía. La política israelí, según un informe de 2013 de un Comité Interministerial, sostiene que muchos solicitantes buscan “disfrutar de un estilo de vida más liberal” más que escapar de una persecución real, lo que dificulta la obtención de permisos prolongados.

Perspectivas de futuro

Actualmente, Kareem continúa residiendo en una vivienda transitoria facilitada por el municipio de Tel Aviv, con su permiso renovado cada seis meses bajo supervisión militar. Sus intentos de reubicación a países como Canadá, a través del programa de reasentamiento de la Agencia de la ONU para los Refugiados, se vieron frustrados por la creciente retórica antiinmigrante en destinos tradicionales.

Mientras contempla el mar Mediterráneo desde la costa de Jaffa, Kareem reflexiona sobre su desplazamiento: “Odio el mar, pero al menos me permite ver la costa gracias a mi permiso. Lo que extraño es mi hogar, la Ribera Occidental”. Su historia ilustra la compleja intersección entre derechos humanos, políticas de seguridad y la fragilidad de quienes buscan asilo bajo la constante sombra de la ocupación.

Carla Espejo
Carla Espejo

Periodista. En un mundo obsesionado con la fachada, vale la pena enfocarse en el reflejo de las verdaderas intenciones en los medios. Hagamos algo diferente.