Crisis en Eurovisión: España, Países Bajos e Irlanda se retiran por la inclusión de Israel

La Unión Europea de Radiodifusión (UER) ha fallado. El popular Festival de la Canción de Eurovisión, un emblema de la unidad cultural del continente desde 1956, enfrenta una crisis existencial tras la asamblea general de este jueves, 4 de diciembre de 2025. La negativa de la UER a someter a votación la exclusión de Israel del certamen de 2026, que se celebrará en Viena, ha provocado una estampida de cadenas de servicio público, marcando un hito de desafección ética y política sin precedentes en la historia reciente del festival.
Los primeros golpes a la estructura del concurso llegaron desde la península ibérica y el Benelux. La Corporación de Radio y Televisión Española (RTVE), junto a las emisoras de Países Bajos (Avrotros) e Irlanda (RTÉ), confirmaron su retiro inmediato del evento. Estas cadenas habían sido categóricas en las semanas previas: si Israel no era apartado del concurso, el costo moral de la participación sería demasiado alto. La decisión implica que ninguna de estas emisoras transmitirá el espectáculo.
El director general de Avrotros, Taco Zimmerman, sintetizó la postura en una frase lapidaria: «La cultura une, pero no a cualquier precio». La emisora neerlandesa indicó que la continuidad de Israel en la competencia, pese a las denuncias de injerencia política en las últimas ediciones y el incesante «sufrimiento humanitario» en Gaza, supera «los límites» que está dispuesta a aceptar como servicio público.
Ética bajo la lupa del conflicto
La decisión, más allá de la música, es un manifiesto político y humanitario. RTVE basó su anuncio en las «violaciones de los derechos humanos de los palestinos en Gaza» y un presunto «incumplimiento sistemático» de las reglas del propio concurso por parte de la delegación israelí. La postura de los países que se retiran encuentra profundo sustento en voces de la sociedad civil internacional. Human Rights Watch (HRW) , por ejemplo, ha documentado de manera consistente las condiciones en Gaza y la Cisjordania ocupada, señalando en sus informes más recientes la necesidad de que las instituciones internacionales, incluidas las culturales, utilicen su influencia para adherir a los principios del derecho internacional. Esta documentación provee el sustento ético que las emisoras públicas están priorizando sobre la tradición del festival.
La oleada de renuncias ha encontrado eco en el Este de Europa. Casi inmediatamente después de los primeros anuncios, la radiotelevisión pública de Eslovenia (RTV) se sumó al boicot, elevando la cifra de ausencias confirmadas a cuatro. A través de un comunicado oficial, RTV reveló que la controversia se había centrado en la logística de la votación: una petición de varios países para que el tema de Israel se tratara con un voto secreto fue simplemente ignorada por la UER.
Este gesto de la UER evoca críticas profundas sobre el doble estándar de la organización. Natalija Gorscak, presidenta de la junta directiva de RTV, recordó la expedita exclusión de Rusia a solo una semana de su agresión contra Ucrania. «Por tercer año consecutivo, el público ha exigido que digamos no a la participación de cualquier país que ataque a otro. Debemos seguir los estándares europeos de paz y entendimiento», sentenció Gorscak. El comunicado esloveno también adelantó que Islandia y Bélgica se sumarían al boicot; si bien Bélgica matizó posteriormente que comunicará su decisión en los próximos días, la intención de no participar ya está sobre la mesa.
Reformas técnicas para evadir el debate central
El drama de la exclusión se desarrolló en paralelo a una agenda de reformas estructurales del festival. La UER sometió a votación de sus 68 cadenas miembro (de 56 países) una moción para reducir el peso de los espectadores (de 20 a 10), restablecer los jurados de expertos en semifinales e introducir mejoras técnicas para reforzar la seguridad frente a intentos de fraude y manipulaciones.
Estos cambios fueron aprobados con una holgada mayoría de 738 votos a favor, frente a 264 en contra y 120 abstenciones. La aprobación de esta reforma de gran calado permitió a la UER argumentar, en la práctica, que «no fue necesario referirse a la cuestión israelí», ya que la moción principal supuestamente abordaba todos los puntos sensibles de la reunión. Sin embargo, para muchos, esta fue una maniobra dilatoria diseñada para esquivar la votación más sensible y compleja.
Esta visión se alinea con el análisis de la reconocida crítica cultural europea, Éloïse Dubois, quien en un reciente artículo para un influyente medio continental, sugirió que «la UER ha confundido la neutralidad con la complicidad». Según Dubois, en un mundo hiperconectado y con audiencias diversas, «el arte no puede ser un oasis de amnesia moral mientras el dolor inunda las pantallas. El coste de la paz en la escena de Eurovisión es la transparencia, y la UER ha fracasado en ese examen». La UER, en su comunicado final, intentó rescatar la relevancia del diálogo, señalando que «muchos miembros también aprovecharon la oportunidad para subrayar la importancia de proteger la independencia de los medios de servicio público y la libertad de prensa para informar, especialmente en zonas de conflicto como Gaza».
El festival fragmentado de Viena 2026
Esta declaración de la UER parece insuficiente para los países que han optado por el retiro, que ven en la inacción una traición directa a esos mismos principios de libertad y ética profesional. Con la sede de Viena 2026 ahora en la mira, la pregunta clave no es solo quién participará, sino la legitimidad del evento en sí mismo. La ausencia de potencias mediáticas como España y Países Bajos, sumada a la de Irlanda y Eslovenia, dejará un vacío significativo que mermará tanto la audiencia como la calidad de la competencia.
El festival, concebido originalmente para sanar las heridas de la posguerra, está ahora profundamente fragmentado por un conflicto contemporáneo, demostrando que en el siglo XXI, el espectáculo más grande de Europa no puede aislarse de las realidades geopolíticas ni de la exigencia de estándares éticos por parte de sus miembros. La decisión de la UER, al priorizar la estabilidad burocrática sobre la responsabilidad moral, ha transformado un concurso de canciones en un campo de batalla ético de enorme repercusión global.


