La ausencia de Estados Unidos marca el inicio de la COP30 y subraya la crisis de la multilateralidad

El fragor de la selva amazónica, que hoy acoge a líderes mundiales, se ha convertido en el telón de fondo de una confrontación global que trasciende la temperatura del planeta. Desde Belém, Brasil, epicentro de la crisis climática y sede de la trigésima cumbre del clima de la ONU (COP30), el presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, utilizó su discurso inaugural del lunes 10 de noviembre de 2025 para declarar una guerra cultural y política. Su objetivo: imponer «una nueva derrota a los negacionistas» que, anclados en la desinformación, sabotean los esfuerzos para contener el calentamiento global.
La retórica de Lula fue tan enérgica como disruptiva, elevando el debate climático más allá de las cifras de carbono. El mandatario progresista apuntó directamente al «oscurantismo» que opera en la era digital. «Controlan algoritmos, siembran el odio y difunden el miedo. Atacan a las instituciones, la ciencia y las universidades», denunció, señalando la conexión perversa entre la desinformación en redes y la parálisis política. Esta crítica resuena con los análisis sobre el «retardismo climático» , una estrategia que, según expertos en comunicación de la ciencia, ha sustituido a la negación directa, promoviendo la inacción al magnificar los costos de la transición o cuestionar la gravedad de los impactos. El verdadero adversario, sugirió Lula, no es solo la quema de combustibles fósiles, sino la fábrica de mentiras que la justifica.
El presidente sudamericano contextualizó la emergencia climática dentro de un caótico panorama geopolítico. Con una cruda referencia a los conflictos armados, como la guerra en Ucrania y las tensiones que se ciernen sobre otras regiones, como las que mencionó el presidente colombiano Gustavo Petro en el marco de la cumbre, Lula sentenció que resulta «mucho más barato» luchar contra el clima que perpetuar la guerra. Este contraste subrayó el desvío de recursos que podrían financiar la adaptación y mitigación, exponiendo la ceguera de las potencias mundiales que priorizan la inversión militar sobre la supervivencia colectiva.
La urgencia del sur global ante el reloj climático
A pesar de los avances logrados en décadas de negociaciones, la velocidad de la acción es el gran factor de riesgo, advirtió el líder brasileño. El mundo avanza «en la dirección correcta», pero «a la velocidad equivocada», lo que mantiene la trayectoria de aumento de la temperatura global por encima del crítico umbral de 1,5 grados centígrados. Esta barrera, establecida en el Acuerdo de París, fue definida por el secretario general de la ONU, António Guterres, como la «línea roja para la humanidad» en la víspera de la COP30, instando a que esta cumbre marque el inicio de una «década de aceleración y resultados». El riesgo es inminente y las advertencias científicas son unánimes.
Paradójicamente, la COP30 se inauguró bajo la sombra de la inestabilidad política y la fragilidad multilateral. Se cumplen diez años del histórico Acuerdo de París, pero la cumbre se celebra con la inédita y sintomática ausencia de Estados Unidos. Nueve meses después del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, el segundo mayor contaminante mundial ha vuelto a desvincularse del pacto climático. Esta decisión unilateral, que prioriza una agenda nacionalista y pro-combustibles fósiles, no solo debilita el espíritu de cooperación, sino que también crea un vacío de liderazgo crucial en el combate global contra el CO2.
En este complejo tablero, la financiación climática se erige como la disputa central. Mientras Lula exhortó a cumplir con lo pactado y garantizar el apoyo financiero para los países más vulnerables, la realidad es que las promesas de las naciones ricas siguen sin materializarse. El Sur Global, representado por voces como la de Uruguay, ha liderado el reclamo por la «justicia verde» ante los compromisos incumplidos. La secretaria de Medio Ambiente de México, Alicia Bárcena, reflejó este pesimismo pragmático al llamar a adoptar metas «realistas» en Belém, señalando que la meta de 1,3 billones de dólares en financiamiento climático es, hoy por hoy, una quimera. La brecha entre la ambición declarada y los recursos movilizados amenaza con dinamitar la confianza multilateral.
Tres frentes de batalla para una década de aceleración
Para sortear la inercia y el «retardismo» climático, Lula instó a la comunidad internacional a enfocar sus esfuerzos en tres frentes de acción interconectados. El primero pasa por el cumplimiento estricto de los compromisos ya adquiridos, exigiendo a los países la presentación de Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDC) más agresivas y ambiciosas para limitar las emisiones en esta década crítica.
El segundo frente apunta al corazón del sistema energético global: la necesidad de acelerar un plan definitivo para superar la dependencia de los combustibles fósiles. La decisión de celebrar la cumbre en la Amazonía, el bioma terrestre de mayor relevancia para la absorción de carbono, enfatiza el vínculo inseparable entre la protección de la biodiversidad y la transición energética justa. En línea con Guterres, se busca forzar el fin de la era del petróleo, gas y carbón, promoviendo una revolución de energías limpias que sea social y económicamente viable para todas las naciones.
Finalmente, el tercer y más humanista pilar de la propuesta brasileña es la exigencia de «colocar a las personas en el centro de la agenda climática» . Esto implica pasar de una acción centrada solo en las emisiones a una transición justa que proteja los derechos y la dignidad de las comunidades que viven en la primera línea de la crisis, incluidos los pueblos indígenas, las comunidades tradicionales y los migrantes climáticos. La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) ha destacado que la acción debe ser inclusiva, protegiendo a quienes desean quedarse en sus territorios y facilitando opciones seguras y dignas para quienes no tienen más remedio que desplazarse. La COP30, por lo tanto, se ha convertido en la arena donde se definirá no solo la suerte del clima, sino la capacidad de la humanidad para hacer frente al oscurantismo y construir un futuro más consciente.


